Nada es permanente;

excepto el vacío y el silencio.

lunes, 29 de julio de 2013






La vida es, a veces, una palabra; otras, es una sensación. Pero nunca está todo lo que la vida conlleva de infinitud en la palabra vida ni en la sensación de estar vivo.

Sin embargo, (((¿Sin embargo?))) en este sistema mundial de libre mercado, la palabra vida se ha vuelto sinónimo de la palabra trabajo. Y así también los verbos vivir y trabajar, según parece, han sido convertidos semánticamente en vocablos equivalentes.


¿Si no hay trabajo no hay vida?

La vida como trabajo. (((¡Qué asco!)))

Vivir es trabajar. (((¡Qué absurdo!)))

Trabajar es vivir. (((¡Cuánta estupidez encierra esta afirmación!)))

¿Un desempleado es un muerto?

¿Podría haber alguien realmente imbécil como para hablar de los muertos a guisa de seres 
desempleados?


La vida. La salud. Una y otra juntas se vuelven casi mercancías, si no es que son ya verdaderas mercancías. Alguien con vida y salud es alguien que “vale mucho”. Las aseguradoras están dispuestas a pelearse por esta clase de mercancías. Son verdaderas minas de oro. Y más si se trata de una persona joven y sana. Todos se disputan esta clase de mercancía. No digamos si a esta persona joven y saludable le añadimos belleza, educación y mucha voluntad para integrarse a las fuerzas del mercado y de la producción ilimitada. 

El mercado es la gran boca devorando todo aquello que tiene vida y plusvalía.






lunes, 15 de julio de 2013

Sepulcros




Después de años la cabeza comenzó a rodar a solas.
Pensaba en lo que haría y en lo que no haría.
Llegaba la noche y nada de lo que había pensado estaba
en la tarima de las cosas sorprendentes. 
El vacío de las horas, no obstante, había que registrarlo 
con el lenguaje de los ruidos en las azoteas.

Los hechos flotaban entre aduanas y laberintos.
Eran testigos de lo que iba desbaratándose en los puños de los necios.

Los pulcros necios, atentos a la orden de los sacrificios, reían
todo el tiempo. Días enteros reían de saberse elegidos.
Sepultureros. Idiotas al servicio de los famosos asesinos.

Los hechos flotaban entre aduanas y laberintos.
No había ecos de caídas estruendosas en el agua.
No había cuerpos enteros que soportaran la cuenta de las catástrofes.

No había perros que ayudaran a atravesar los ríos de la muerte.