La vida
es, a veces, una palabra; otras, es una sensación. Pero nunca está todo lo
que la vida conlleva de infinitud en la palabra vida ni en la sensación de
estar vivo.
Sin embargo,
(((¿Sin embargo?))) en este sistema mundial de libre mercado, la palabra vida
se ha vuelto sinónimo de la palabra trabajo. Y así también los verbos vivir y
trabajar, según parece, han sido convertidos semánticamente en vocablos equivalentes.
¿Si
no hay trabajo no hay vida?
La vida
como trabajo. (((¡Qué asco!)))
Vivir
es trabajar. (((¡Qué absurdo!)))
Trabajar
es vivir. (((¡Cuánta estupidez encierra esta afirmación!)))
¿Un
desempleado es un muerto?
¿Podría
haber alguien realmente imbécil como para hablar de los muertos a guisa de seres
desempleados?
La vida.
La salud. Una y otra juntas se vuelven casi mercancías, si no es que son ya
verdaderas mercancías. Alguien con vida y salud es alguien que “vale mucho”. Las
aseguradoras están dispuestas a pelearse por esta clase de mercancías. Son verdaderas
minas de oro. Y más si se trata de una persona joven y sana. Todos se disputan
esta clase de mercancía. No digamos si a esta persona joven y saludable le
añadimos belleza, educación y mucha voluntad para integrarse a las fuerzas del
mercado y de la producción ilimitada.
El mercado es la gran boca devorando todo
aquello que tiene vida y plusvalía.
